sábado, 10 de octubre de 2015

Quédate Conmigo

Le volví a ver. 
Regresó aquella sensación.
Los esquemas volvieron a romperse.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y sentí en un momento que el invierno había vuelto, y con el sus noches largas y oscuras; y los días nublados y lluvioso.
Recordé el olor a tierra mojada y el olor a café recién hecho, los gritos de los niños jugando con la nieve y el vaho que sale de mi boca todas las mañanas al salir a la calle.
Te miré a lo lejos.
Contemplé la manera en la que andas, la ropa que escondía tu silueta y la sonrisa de la cuál que me enamoré.
Te besé.
Sentí tus labios en mis mejillas y me entraron ganas de llorar.
Acabé preguntándome el porqué de nuestra seca despedida y cómo nuestras caricias no acabaron en besos apasionado.
Vi tu rostro y sonreí como una niña pequeña a la que acaban de comprar una piruleta.
Tímida y con voz temblorosa te pregunté como te iba la vida.
Sí, no me atrevía a preguntar más.
Quizá por miedo a oír una respuesta inapropiada.
Me hubiese gustado escuchar de tu boca un te echo de menos o que me hubieras cogido del brazo para darme un abrazo de esos que jamás terminan.
No llegó ese momento.
Sin embargo, te acercaste.
Me miraste a los ojos y me dijiste "Estas preciosa".
Te marchaste, pero una vez más, como te costumbre volviste la cara y te dirigiste a mi para decirme "Volveré a verte"
Fue en ese momento cuando me dí cuenta que lo nuestro fue una historia cualquiera y que aquel brillo de ojos que iluminaba tu cara podría volver a ser lo que no me dejaba dormir cada noche.

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