Empezamos como dos adolescentes.
Miradas furtivas y sonrisas disimuladas.
Ganas descontroladas de besarnos y un miedo abismal al que dirán.
Prudentes en cuanto a caricias y confidentes en las palabras.
Noches furtivas de amor y cervezas.
Masajes en secreto y despedidas amargas.
No entiendo que paso o que fallo.
Todo acabó, el amor se fue y ninguno de los dos preguntó: ¿Por qué?.
Veranos cada vez más fríos, tanto que parecían inviernos desiertos.
Ni una sola palabra.
Solo las miradas podían desvelar las ganas que teníamos de regresar al pasado en tan solo una noche.
Y después de varios veranos vacíos el pasado regresó por una noche.
Las miradas y los besos avivaron el fuego que escondíamos.
Las caricias envolvían el frío de la noche en un calor de una mañana de verano.
Nos fundimos en uno y aquella noche la llama volvió a encenderse ; pero una despedida amarga hizo que se apagara la mañana siguiente.
Ha pasado el tiempo, la historia quedó estancada y nosotros tomamos caminos distintos.
Pero cada verano nos volvemos a juntar, y la llama se vuelve a encender.
Jamás lo admitiremos, aunque solo los dos sabremos que quizá estemos hechos el uno para el otro.
Ninguno dio un paso al frente para pedir algo más, aunque los dos moríamos y morimos de ganas por ser uno.
Jamás sabremos que podría pasar, o tal vez no tardemos mucho en poder saberlo.
sábado, 24 de octubre de 2015
Echo de menos tu olor.
Llega el otoño, las tardes de frío y café recién hecho.
Regresan los días de lluvia, los domingos de manta y película y el olor a tierra mojada.
Caen las hojas de los árboles, el olor de tu camisa impregna mi habitación.
Ya no estás y echo de menos tus abrazos.
Tu sonrisa a dos centímetros de mi boca.
Tus dedos dibujando corazones en mi espalda y los besos que me dabas por el cuello.
Sólo quedan las fotografías.
Las canciones de música hechas para los dos.
Las películas cursis de los sábados, las noches de fiestas y los amaneceres de después.
Solo quedan los recuerdos.
Los veranos ya no son calurosos.
Los baños en la piscina se acabaron y el mar llora tu ausencia.
Los castillos de arena han caído y tu nombre escrito en ella ha desaparecido.
Sólo queda tu camisa a rallas, que de olor impregna mi cuerpo.
Las lágrimas mojan mi cara, como la lluvia que golpea en el cristal.
Todo se oscurece, como el cielo a punto de una tormenta.
Caigo en la cama, como las hojas de los árboles caen al suelo.
Cierro los ojos y me doy cuenta de que ya no hay marcha atrás.
Jamás volverás, ni tú ni tu olor.
Por eso hoy es un poco más otoño, hace más frío y ya no quedan más hojas en los árboles.
Regresan los días de lluvia, los domingos de manta y película y el olor a tierra mojada.
Caen las hojas de los árboles, el olor de tu camisa impregna mi habitación.
Ya no estás y echo de menos tus abrazos.
Tu sonrisa a dos centímetros de mi boca.
Tus dedos dibujando corazones en mi espalda y los besos que me dabas por el cuello.
Sólo quedan las fotografías.
Las canciones de música hechas para los dos.
Las películas cursis de los sábados, las noches de fiestas y los amaneceres de después.
Solo quedan los recuerdos.
Los veranos ya no son calurosos.
Los baños en la piscina se acabaron y el mar llora tu ausencia.
Los castillos de arena han caído y tu nombre escrito en ella ha desaparecido.
Sólo queda tu camisa a rallas, que de olor impregna mi cuerpo.
Las lágrimas mojan mi cara, como la lluvia que golpea en el cristal.
Todo se oscurece, como el cielo a punto de una tormenta.
Caigo en la cama, como las hojas de los árboles caen al suelo.
Cierro los ojos y me doy cuenta de que ya no hay marcha atrás.
Jamás volverás, ni tú ni tu olor.
Por eso hoy es un poco más otoño, hace más frío y ya no quedan más hojas en los árboles.
sábado, 17 de octubre de 2015
Como dos completos desconocidos
Y ya nada volvió a ser como antes. Tu y yo, nosotros, volvimos a ser desconocidos, que durante un tiempo se conocieron (o hirieron) muy bien. No me preguntes por qué o cómo, pero uno de los días mas tristes de mi vida fue aquel en que nos cruzamos y nos dimos dos besos en lugar de uno. No sé si me explico. Que aquel día nos miramos era todo maquillaje. Estábamos ausentes cariño. Tan quemados, tan perdidos. Y yo te hubiese dicho que te seguía buscando cada noche. Que aún tarareao nuestra canción cuando estoy sola. Que aún ojala nosotros. Pero porque iba a decirte yo nada, si ya lo habiamos perdido todo. Todo, que se dice pronto, tan rápido como perdimos aquello. Y recuerdo cuando me decías que cuidado, que eras un precipicio y yo tenía tendencia a resbalar. Hasta lo insalvable, hasta esas ojeras que ya ni maquillarme puedo, porque hay cansancios, hay ojeras, hay heridas que marcan el brillo de los ojos. Que mas da o a quién le importa que siga perdiendo en este no saber que hacer, si olvidarte o desangrarme un poco mas, con la esperanza de que vuelvas, y me digas al oído, que nadie ha sabido quererte, o escribirte, o quizás romperte, mejor.
sábado, 10 de octubre de 2015
Quédate Conmigo
Le volví a ver.
Regresó aquella sensación.
Los esquemas volvieron a romperse.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y sentí en un momento que el invierno había vuelto, y con el sus noches largas y oscuras; y los días nublados y lluvioso.
Recordé el olor a tierra mojada y el olor a café recién hecho, los gritos de los niños jugando con la nieve y el vaho que sale de mi boca todas las mañanas al salir a la calle.
Te miré a lo lejos.
Contemplé la manera en la que andas, la ropa que escondía tu silueta y la sonrisa de la cuál que me enamoré.
Te besé.
Sentí tus labios en mis mejillas y me entraron ganas de llorar.
Acabé preguntándome el porqué de nuestra seca despedida y cómo nuestras caricias no acabaron en besos apasionado.
Vi tu rostro y sonreí como una niña pequeña a la que acaban de comprar una piruleta.
Tímida y con voz temblorosa te pregunté como te iba la vida.
Sí, no me atrevía a preguntar más.
Quizá por miedo a oír una respuesta inapropiada.
Me hubiese gustado escuchar de tu boca un te echo de menos o que me hubieras cogido del brazo para darme un abrazo de esos que jamás terminan.
No llegó ese momento.
Sin embargo, te acercaste.
Me miraste a los ojos y me dijiste "Estas preciosa".
Te marchaste, pero una vez más, como te costumbre volviste la cara y te dirigiste a mi para decirme "Volveré a verte"
Fue en ese momento cuando me dí cuenta que lo nuestro fue una historia cualquiera y que aquel brillo de ojos que iluminaba tu cara podría volver a ser lo que no me dejaba dormir cada noche.
Regresó aquella sensación.
Los esquemas volvieron a romperse.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y sentí en un momento que el invierno había vuelto, y con el sus noches largas y oscuras; y los días nublados y lluvioso.
Recordé el olor a tierra mojada y el olor a café recién hecho, los gritos de los niños jugando con la nieve y el vaho que sale de mi boca todas las mañanas al salir a la calle.
Te miré a lo lejos.
Contemplé la manera en la que andas, la ropa que escondía tu silueta y la sonrisa de la cuál que me enamoré.
Te besé.
Sentí tus labios en mis mejillas y me entraron ganas de llorar.
Acabé preguntándome el porqué de nuestra seca despedida y cómo nuestras caricias no acabaron en besos apasionado.
Vi tu rostro y sonreí como una niña pequeña a la que acaban de comprar una piruleta.
Tímida y con voz temblorosa te pregunté como te iba la vida.
Sí, no me atrevía a preguntar más.
Quizá por miedo a oír una respuesta inapropiada.
Me hubiese gustado escuchar de tu boca un te echo de menos o que me hubieras cogido del brazo para darme un abrazo de esos que jamás terminan.
No llegó ese momento.
Sin embargo, te acercaste.
Me miraste a los ojos y me dijiste "Estas preciosa".
Te marchaste, pero una vez más, como te costumbre volviste la cara y te dirigiste a mi para decirme "Volveré a verte"
Fue en ese momento cuando me dí cuenta que lo nuestro fue una historia cualquiera y que aquel brillo de ojos que iluminaba tu cara podría volver a ser lo que no me dejaba dormir cada noche.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

