A mi derecha el horizonte,con una puesta de sol inmejorable e impresionante, jamás desaparece, permanece inmóvil donde nadie, ni la persona más alta del mundo pudiera alcanzarlo. A mi izquierda un muro desolador, pero a la vez original y con un color que cambia por estado y momentos. Un muro que es inalcanzable e interminable, por mucho que camines más y más deprisa llegando a correr extasiado porque termine, éste aumenta de longitud y no ves el final, y no recuerdas donde está el principio, justo en que momento empezaste a caminar.
En ese momento comienzo a sentir unos pasos, me detengo y miro hacia atrás, no hay nadie. Continúo mi camino y sigo escuchando los mismos pasos, se me ocurre pensar que la locura se ha apoderado de mi después de tanto camino recorrido y decido parar, sentarme en el suelo y reflexionar sobre cuanto quedará y cuando el mundo o la existencia decidirá sobre mi persona en que acabé todo.
Con un aliento de esperanza y optimismo sigo andando y dichos pasos vuelven a mi cabeza y lo último que me queda por preguntar antes de pensar que realmente estoy como una regadera es preguntar al viento, al horizonte y al cielo si hay alguien al otro lado, y efectivamente hay respuesta, alguien de identidad desconocida camina de manera paralela a mi, aunque por la voz me doy cuenta de que es un chico, de mi misma edad e incluso unos años más mayor. Sus pasos cada vez suenan al unísono con los míos hasta el determinado momento que el y yo caminamos en consonancia y armonía. De repente en el muro aparece una ventana, el destino se a puesto de acuerdo para que nuestras miradas se encuentren en una décima de segundo, hasta que de nuevo aparezca el estúpido y odioso muro.
Mi cabeza piensa a la vez que mi corazón siente, alguien al otro lado, al que solo vi sus ojos, preciosos por cierto y del que solo oigo pisadas va a mi ritmo, por algo será, da igual el destino, o la predisposición e incluso incluyo la superstición, está ahí, simplemente no lo puedo ver, ni tocar ni preguntar su nombre de la manera más absurda que encuentre. De repente se me enciende la "bombilla", una idea absurda o inteligente según se mire ha inundado mi cerebro, debería lanzar al viento las preguntas para obtener respuestas, aunque de vez en cuando nuestras miradas se crucen por una ventana, pero la curiosidad me mata y debo saber quién esta al otro lado.
Mi plan peca de perfección, pero porque no arriesgar sin saber el final acontecido, nada tengo que perder, y es entonces en aquel instante cuando yo sin saber ni como ni porque empiezo a preguntar su nombre, edad, aficiones, música favorita, comida que detesta, defectos, virtudes, en resumen que me cuente su historia desde el principio. Pasan los minutos sin obtener respuesta y cuando de repente, pienso en detenerme para descansar después del continuo andar de kilómetros y kilómetros sin que aquel sendero acabe,es cuando contesta, me alegro, una sonrisa recorre mi boca y es cuando su historia empieza, sin saber cuando llegará el final, un sentimiento aflora en mi corazón, ¿amor?, quizá, probablemente, solamente se que cada vez que sus palabras avanzan y sus frases se construyen, mi corazón late más y más rápido, consigo embobarme como una idiota, hasta el punto tropezar con una maldita piedra, pero aun así seguir escuchando aquella voz insignificante que se hace grande por momentos y es cuando de repente toda la historia se esfuma y termina con una pregunta profunda y sentida que le cuente yo la mía, y de repente lo único que se me ocurre pensar es que debo responder como se merece, contando mis idas y venidas,victorias y derrotas, absolutamente todo, con el corazón en la mano y sin miedo a que piense o si de repente se detendrá o se alejará corriendo. Y es justo antes cuando dice no pienses en que tú historia me pueda aburrir, simplemente cuéntala.
Empiezo mi historia reviviendo cada momento del pasado, forma que resulta acertada para que las palabras salgan de manera aleatoria, en el orden correcto y en el sentido adecuado, viviendo como viví en aquellos tiempos. En menos de lo que me quise dar cuenta había terminado, y fue en ese instante de la manera más imprevista posible cuando el muro desapareció, nuestros caminos paralelos formaron uno y nosotros como dos auténticos tontos nos quedamos frente a frente aún con el tiempo parado, con el horizonte a mis espaldas y en frente de ti. Fue ahí cuando pregunté ¿seguimos caminando juntos o nos separamos en el camino, para siempre?, la respuesta se hizo esperar por parte de ambos. Yo sabía que la pregunta podría parecer absurda, pero no podía quedarme eso dentro, porque prefería un no rotundo a un arrepentimiento continuo.
Solo quería su respuesta, la mía era clara y concisa en mi cabeza, conocía su historia, desde su nombre hasta sus cosas más intimas y quería seguir con él a ciencia cierta, empezar un principio y quien sabe si jamás acabarlo, sólo quería un camino con él, nada paralelo, el mismo. Daba igual el riesgo que corriera, las veces que me cayera e incluso las derrotas aseguradas que tenía al no saber nada de él, tan solo una historia que ni si quiera sabía si era real o ficticia y si aquellas palabras se las llevaría el viento nada más empezar si es que empezábamos algo. No oí su respuesta, y de repente me cogió la mano y me dijo, el arriesgar sirve para saber si uno gana o pierde y fue entonces cuando el tiempo se activó y los dos desaparecimos de aquel camino sin final, para llegar a parar a lo cotidiano, llamado rutina, pero seguíamos de la mano, uno al lado del otro dispuestos a seguir uno el camino del otro pero con una cosa clara, ninguno pisaría el límite del camino del otro.
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