miércoles, 3 de agosto de 2016

Se querían, sólo que no eran capaces de reconocerlo.

Las 11:00, una mañana de invierno y un sonido estremecedor. La pantalla del móvil se iluminó, un mensaje. Me dispuse a abrirlo, cuando de repente el número de un desconocido me asaltó. ¿De quién sería el mensaje?, me pregunte a mi misma. No había remedio, debía responder a la pregunta.
Pregunté y no hubo respuesta hasta cinco minutos después. Ante mi asombro por la respuesta me encontré frente a un mar de dudas que no sabía como disipar; pero todo es cuestión de empezar.
Los comienzos nunca son fáciles y en instante aún menos. Sólo me queda decir que el comienzo acabó en cena y la cena en una última frase que recuerdo como si fuera ayer: Haces que mi vida sea más fácil, me haces feliz.
Después, mensajes puntuales, frases tímidas en las que se podía percibir cierto enfado o rencor; jamás supe percibir o mejor dicho definir el problema.
Las preguntas se volvieron frecuentes cuando cesaron las conversaciones, cuando las palabras se las llevó el viento y cuando las miradas eran inexistentes.
Había algo que no conseguía explicar, las dudas inundaban mi mente, las pregunta no obtenían respuesta y yo acabé sumida en la más absoluta desesperación.
Dicen que aún así todo ocurre por algo y en ocasiones es mejor dejarlo estar; pero no había nada que dejar estar, no había nada que impidiera resolver el vacío que me había dejado aquel día cuando se fue.

Las 18:00, una tarde de verano en el mes de Julio para más precisión. Apreté la tecla de desbloqueo y me dispuse a escribir un mensaje, sin inspiración ninguna y de la maner  más educada posible.
Pregunté: ¿Por qué te fuiste sin más?, sin ninguna explicación, de la noche a la mañana. ¿Por qué cesó tu interés en hablar conmigo?.
4 días recibí la respuesta que me suponía: Lo hice porque pensé que te incomodaba mi presencia.
A lo que a su vez respondía: Jamás des algo por sentado, antes de preguntar a quién te ha quitado el aliento durante la noche en 3 meses.

Desde ese día, las palabras volvieron a existir, las miradas renacieron y las sonrisas brotaron de la más absoluta espontaneidad.
Cada uno era feliz junto al otro, da igual de la manera que ambos lo interpretaran y si esta interpretación era distinta. Se complementaban, se apreciaban y lo más importante se comprendían.
Sí, yo creo que en el fondo se querían, sólo que no eran capaces de reconocerlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario