lunes, 27 de julio de 2015

El principio de todo.

Una mañana fría de Septiembre, un café me esperaba al lado de mis particulares galletas integrales, por supuesto. Un día nublado, sin más.
Tomé mi café con mi particular tranquilidad, por ella me caracterizo. 15 minutos después había terminado, sí ya lo se, 15 minutos para un café quizá sea demasiado.
Me dirigí a la habitación y allí estaban, unos pantalones color azul cielo y una blusa de color blanco, un blanco pulcro. Me disponía a vestirme cuando sonó mi peculiar "boing" de whatsapp. No hice caso y seguí vistiendome, mientras el whatsapp seguía con su particular sonido. Mientras mi móvil sonaba con énfasis preparé mi bolso. 
Estaba lista, me coloqué la cazadora vaquera, cogí el bolso, las llaves y el móvil. 
Me disponía a salir por la puerta cuando reparé en que me faltaba algo, efectivamente así era.
Regresé a mi habitación y allí estaba, una carpeta que guardaba en su interior un libro nuevo y sin estrenar. Sí, por fín era mi primer día de autoescuela.
Tomé el autobús de las 10 de la mañana, demasiado pronto después de un verano exhausto. 
Tras llegar, me senté en una silla y encendía el ordenador dispuesta a hacer un número infinito de test. Todo por aprobar cuánto antes.
Tres horas transcurrieron antes de volver a casa, tiempo que transcurrió de manera fugaz.
En ese momento mi móvil sonó, como de costumbre. Era mi padre, me esperaba para volver a casa a comer.
10 minutos fue el tiempo que tardé en estar entrando por la puerta de casa.
Sólo me quedaba comer, en el menor tiempo posible. Cambiar el bolso por la mochila  y poco más.
Impaciente volví a montar en el coche y mientras mi padre cantaba las canciones de la emisora radio fm yo me disponía pensar.
Sí, pensar lo que me depararía mi primer día de clase. Unos estudios diferentes a bachillerato, un horario de tarde agotador e incompatible con la vida y unos compañeros totalmente desconocidos.
Entré a las 15:30 y justo 1 hora antes de salir de aquel lugar, mis ganas no podían ser mayores, reparé en tu mirada junto a tu sonrisa.
Cruzamos varías miradas miradas complices y furtivas. Sonrisas que escondían ganas y a la vez miedo y vergüenza.
Justo en ese momento sonó el timbre y yo salí por la puerta como alma que lleva el diablo, deseando llegar a mi casa para cenar algo corriendo y sin muchos detalles contar como me había ido el día; y a la vez, en el fondo, tumbarme en la cama para cerrar los ojos y recordar aquellas décimas de segundo en las que "me enamoré"
Antes de salir por la puerta, te despediste con un "hasta mañana" y una sonrisa.
En ese momento supe que ese sería el principio de una historia que a día de hoy sigue escribiendo sus líneas.
Los dos sabíamos que ese sería el principio de algo que no sabíamos como acabaría.